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Rogelio Llanos Q. :
Para Hernán Rivera cortar una declaración, una confesión o un comentario se convierte en una decisión de orden moral. La cámara insistente, curiosa, obsesiva, ausculta intensamente al personaje interrogado en su intento de extraer una verdad. Aquella verdad que el cineasta ha buscado desde el momento en que concibió la idea de llevar a imágenes el motivo de su interés.
Memorias de Uchuraccay es una buena prueba de lo que afirmamos. Influenciado por el cine antropológico de Jean Rouch, el documental cubano y el cine latinoamericano, Hernán Rivera ha pasado muchos años investigando, entrevistando y recolectando material fílmico y periodístico acerca de los luctuosos sucesos que ocurrieron un 26 de enero de 1983 en un lejano pueblo de las alturas de la sierra central del país, a 580 kilómetros de Lima.
El resultado de tan tesonera labor es un logrado film de dos horas de duración en el que se da cuenta no sólo de los acontecimientos que ocurrieron en la fecha señalada, sino también de las diferentes reacciones y situaciones que a partir de aquellos hechos se generaron.
El film es una suerte de mosaico, de secuencias que se unen sin una continuidad cronológica. Empieza con un film de archivo en el que Fernando Belaúnde asume el gobierno en 1980 y resume su labor a ejecutar en una palabra: servir. Y luego, en ese mismo discurso, habla de seguir por un luminoso sendero que, lamentable y contradictoriamente se tornó en una trágica realidad.
Inmediatamente, el espectador es enfrentado de manera brutal ante las imágenes de unos cadáveres masacrados, mientras un joven César Hildebrandt entrevista a un reportero ayacuchano del viejo diario Marka. Allí se habla de unos trescientos comuneros que han acabado con la vida de ocho periodistas que habían llegado a este lejano poblado en busca más que de una noticia, de una verdad.
Ese crimen, que conmovió al país entero, fue motivo de grandes movilizaciones y de encendidos debates respecto a las causas que lo motivaron y a sus ejecutores y autores intelectuales. Nadie permaneció indiferente ante semejante atrocidad. Y sin embargo, tal como declara el periodista ‘Chema’ Salcedo, no hubo investigación alguna. Y los jueces y fiscales sólo encontraron obstáculos para llevar adelante su labor. Así lo documenta Hernán Rivera en imágenes que, a pesar de los muchos años transcurridos, causan asombro e indignación.
La reacción del gobierno belaundista fue comisionar al escritor Mario Vargas Llosa para que diera una interpretación de los hechos ocurridos y atribuidos, sin discusión alguna, a los pobladores de Uchuraccay . “No eran personas primitivas y salvajes”, dijo Salomón Lerner, Presidente de la Comisión de la Verdad, en abierta contradicción con lo que sostuvo en su momento el escritor, quien circunscribió el crimen a la incomunicación de dos mundos totalmente diferentes.
¿A qué fueron los periodistas a Uchuraccay? Uno de los grandes segmentos del documental se detiene en la narración de los propios campesinos que cuentan parte de la historia. Su historia es contrastada con las noticias que aparecen en los diarios. Cinco días antes de la muerte de los periodistas, siete senderistas habían sido asesinados por la comunidad de Huaychau; y, dos días antes, cinco más, habían sido liquidados por la comunidad de Uchuraccay. El gobierno y el comando militar aplaudieron esos linchamientos en masa y los presentaron como un modelo a seguir en la lucha contra los subversivos. Los periodistas partieron hacia el lugar para saber cuánta verdad había en la versión oficial.
Parte del logro de este documental reside en esa terca búsqueda de una verdad que nunca terminó por conocerse a plenitud porque hubo muchas voces que callaron o porque nunca se tuvo el real interés en que los verdaderos culpables aparecieran y fueran juzgados. Resulta impactante aquellos momentos en los cuales los viejos pobladores y sus descendientes relatan las penurias que pasaron bajo la amenaza del terror senderista y del terror de un ejército de ocupación.
La participación del cineasta como entrevistador ha sido reducida a su mínima expresión. Hernán Rivera confía en el poder del encuadre, en la imagen directa y desprovista de todo movimiento que altere la vinculación entre el personaje y el espectador. La imagen y la banda sonora capturan de manera exclusiva las voces de los personajes, sus confesiones, sus gestos y el profundo dolor que causa el recuerdo de unos años vividos bajo la sombra del terror y de la muerte.
Intercalando las escenas y secuencias filmadas en torno a la indagación de los luctuosos sucesos ocurridos hace más de treinta años, el cineasta acude a esa otra importante sección del drama de Uchuraccay: los deudos, los familiares de los periodistas asesinados y su combate diario en las instancias oficiales para que se lleve a efecto el ‘debido proceso’, como lo llama el abogado que los representa.
El montaje en paralelo da cuenta de esa lucha estéril y desilusionante. El rostro de la madre del periodista Mendívil es la imagen misma del resentimiento, de la desolación y de la desesperanza. Nunca quiso reconciliarse con la gente de la comunidad, pero, también, es cierto, que ese rencor que ella se llevó a la tumba fue alimentado por el hecho de saber que ningún funcionario, ningún gobierno, ninguna autoridad estuvieron realmente interesados en efectuar una investigación a fondo de los hechos y mucho menos en encontrar y castigar a los verdaderos responsables.
El documental nos muestra las diferentes ceremonias que cada año se efectúan en el Congreso, en la Defensoría del Pueblo, en el Palacio de Justicia, recordando la labor periodística y los sacrificios que conllevan la búsqueda de la noticia. El contraste de tales ceremonias con lo que vemos en los otros ámbitos abordados por el cineasta, nos descubren la vaciedad de tales actos, el gesto estéril y apaciguador, el intento de sutura de una herida que aún no termina de sangrar.
Como su maestro, Jean Rouch, Hernán Rivera intenta captar la vida lo más fielmente posible, en el momento mismo en que ella ocurre. Por ello, se esfuerza en renunciar a todo aquello que pueda ser un obstáculo para llegar al fondo de esa verdad que busca con tanta entereza. Por momentos, cuando acude a la entrevista en directo, su mirada es intensa, penetrante y revela hasta que punto lo sorprenden y emocionan los hallazgos que está compartiendo con el espectador en ese momento.
Uno de los muchos personajes entrevistados cuenta que hace dieciocho años que se realiza una caminata por la ruta seguida por los periodistas hacia la zona donde encontraron la muerte. La llaman la Ruta de la paz y de la reconciliación. Cada año, sin embargo, son menos los que acuden a ella. El paso del tiempo se manifiesta con pequeños y progresivos olvidos para luego sumir a los acontecimientos del pasado en un pálido y desvaído recuerdo.
Hoy, en Uchuraccay, cada 10 de octubre, se conmemora el retorno de los viejos pobladores a su tierra. Todos huyeron del lugar tras perder a familiares y amigos víctimas de la insanía terrorista. Pocos quieren recordar ese duro y cruel pasado que los obligó a marcharse a otras tierras. Hernán Rivera y su cámara llegaron a Uchuraccay, una y otra vez, intentando tener respuestas a lo sucedido.
Memorias de Uchuraccay no sólo es el producto de una acción tesonera y decidida de un cineasta fiel a sus principios cinéfilos y políticos. Es también una suerte de homenaje a ocho hombres que partieron de sus redacciones plenos de vida e ilusiones, dispuestos a efectuar con generosidad su trabajo duro y sacrificado y, fieles a su profesión, cayeron en cumplimiento de su deber.
Tengo la impresión de que Hernán Rivera, alguna vez soñó o imaginó retomar el trabajo inconcluso de esos hombres de prensa valientes y fieles a sí mismos -esas fotos de Willy Reto tomadas segundos antes de desvanecerse para siempre son inolvidables- y se lanzó sin papeles, sin guiones y sin planes previos a la atractiva aventura de filmar, para recuperar las horas aciagas de los periodistas y devolverlos a la vida. Noble y sincero emprendimiento el de Hernán Rivera, que ha derivado en un film que queremos y valoramos.
Lima, 5 de junio de 2021
Edith Retamozo :
« Fue impresionante ver este excelente documental.
Escuchar a los campesinos de Uchuraccay, verte Julio Falconí, a tí y
a la señora Mendívil, fue como regresar a esos años negros que vivió el Perú.
Hernán Rivera nos hizo ver lo que fue ese drama para los campesinos y el reclamo permanente de las familias de los periodistas »
Paris, 14 de junio 2021
Alfredo Pita :
París, viernes 11 de junio. Participé en los comentarios tras la proyección del documental Memorias de Uchuraccay, en el Festival de Cine Peruano de París, que dirige Jovita Maeder. Fue una estupenda velada, que me permitió descubrir la culminación del proyecto medular del cineasta Hernán Rivera Mejía, quien no solo ha hecho un gran trabajo de recuperación de la memoria sino que ha dado voz a un pueblo condenado a la vindicta histórica y al silencio. Uchuraccay se hizo conocido por el asesinato, cometido por sus pobladores, azuzados por los militares, de ocho periodistas, en 1983, durante el conflcto armado interno. El pueblo fue luego barrido por el vendaval de violencia y sangre desatado por los terrorismos convergentes del grupo maoísta Sendero Luminoso y de los militares que lo combatieron. Uchuraccay renació años después. En el filme de Rivera, los sobrevivientes hablan.
Julio Cesar Falconi Gonzales :
Estimado Hernán. Por mi Estudio en Lima, por la ANP, por mi casa en Chaclacayo y por Ventanilla han pasado varias personas, cámara en ristre, para recoger el testimonio de mi humilde y fiel labor de abogado defensor de los familiares de los periodistas.
No digo nombres pero eran varios.
Nos han citado en Lima, hemos cumplido con las citas, los hemos recibido en todos los lugares y nada.
Hemos bajado a Lima para colaborar con la información necesaria. Han pasado los años y nada.
Por eso te felicito. Porque has cumplido con tu compromiso profesional y estético. Créeme que yo no dude que tu cumplirías con esa tarea pendiente y se lo dije a mi compañera Dina Legonia
Ocurre que mi compa Dina no podrá ver el documental. Falleció hace tres meses. Créeme que me hubiera gustado que Dina hubiera visto el documental.
Esperemos para verlo, en primer lugar en familia, y luego con la opinión pública.
Algo de mi agitada y riesgosa vida tiene que ver con el documental que has realizado.
Nuevamente felicitaciones y saludos.
Lima, 15 de junio 2021
HERIDAS PROFUNDAS
De no haber habido la masacre de estos ocho periodistas quizás nunca nos hubiéramos enterado del casi genocidio de pueblos quechua hablantes que luego serían escarbados por la CVR.
Artículo aparecido en la revista web El Detector
12 de febrero del 2022
GERARDO CAILLOMA
gcailloma@gmail.com
El último miércoles, en la Alianza Francesa de Trujillo, estuve en la proyección del documental Memorias de Uchuraccay del cineasta franco-peruano Hernán Rivera Mejía. Hernán estudió cine en la Universidad de Lima y posteriormente en Nanterre, Francia. Conversando con él, comentaba que este filme es producto de varias propuestas que le tomó años en aterrizarlo desde una película de ficción hasta el documental que propuso a todos aquellos que logramos y lograrán verlo en la gira promovida por la institución francesa. El tema central es la masacre de ocho periodistas, un guía y un campesino en el poblado que lleva el mismo nombre en la sierra ayacuchana acaecido el 26 de enero de 1983. Tras 39 años, este trabajo cinematográfico presenta testimonios, documentos visuales y periodísticos tanto de la época (1983) como lo investigado en el transcurso del tiempo hasta el 2019. La narración del filme toma su curso por la información recogida a lo largo de la investigación hecha por el director, los testimonios de personas involucradas (comuneros, familiares, abogados, periodistas), la ausencia de datos de uno de los actores principales en este triste incidente (las FFAA) y la displicente participación de muchos políticos que utilizaron este doloroso acontecimiento para “posar para la foto”. A lo largo de casi dos horas, Rivera nos va poniendo en contexto de todo lo construido con la información oficial y periodística de la época, y comienza una suerte de deconstrucción de hechos y datos. Van apareciendo las terribles escenas de los cadáveres de los periodistas inicialmente, la famosa Comisión Investigadora presidida por Mario Vargas Llosa y los testimonios de entonces. Pero luego, el documental va abriendo un abanico de perspectivas insospechadas, contradictorias que van construyendo una verdad: la de cada testigo para armar un complejo rompecabeza. Como en el filme Rashomon de Akira Kurosawa, cada testimonio es la reconstrucción de una tragedia tan difundida y tan poco comprendida, llena de injusticias y ausencias, de frustraciones y sentimientos de revancha, de acomodos y silencios cómplices. Ver el documental es caer en la cuenta de cómo vamos construyendo estereotipos lapidarios, encasillados, determinantes. Hemos preferido, muchas veces, ponernos anteojeras de burro para no ver más allá de lo que queremos creer y aceptar.
El documental es incómodo, por eso es valioso. Una verdad dura construida a lo largo de casi cuatro décadas que muestran lastres que arrastramos: racismo, verticalidad, segregación. Como comentábamos con el director, de no haber habido la masacre de estos ocho periodistas quizás nunca nos hubiéramos enterado del casi genocidio de pueblos quechua hablantes que luego serían escarbados por la CVR. Pueblos alejados de las ciudades, poblados por “salvajes y primitivos habitantes, propensos a la barbarie” como resaltó el premio Nobel. Extrapolando esas pesadillas que nuestro país arrastra sumada al centralismo, es como el triste ejemplo que se vive con el caso del derramamiento de petróleo en las costas limeñas: recién la sociedad peruana ha caído en cuenta que la contaminación de este tipo es peligrosa y atenta contra la población en muchos planos. Tristemente, casos extremos terminan por enseñar a una sociedad que sólo ve su ombligo. Para más información, pueden acceder a este enlace:https://www.hernanriveramejia.com/copia-de-contacto-1. Hay que verla, es de necesidad.
Nota aparecida en la prensa local de Tacna el 2 de marzo de 2022













