Memorias de Uchuraccay. La película

Memorias de Uchuraccay es una película que me tomó muchos años en realizar. En realidad, el proyecto nació al poco tiempo de haber ocurrido la tragedia. Originalmente quería hacer un medio metraje en base solo a fotografías, después que aparecieron las fotos de Willi Retto. En 1986 viajo a Francia y los avatares de la nueva vida hicieron que el proyecto quede en hibernación. Leí entonces el libro de José María Salcedo  Las tumbas de Uchuraccay y la idea de hacer un largo metraje de ficción empezó a perfilarse con más claridad. Todo estaba reunido ahí para construir un buen guión :  la trama, la intriga, los personajes, el fatal desenlace; cada periodista era ya un personaje bien definido y el grupo componía un buen mosaico de la sociedad peruana. Esta opción hizo su camino hasta llegar a una propuesta híbrida entre ficción y documental. En esta el documental sería realmente una suerte de  « work in progress » del proyecto que el personaje, cineasta, realizaría. Hasta entonces todo el trabajo había sido de « escritorio « . Con un primer tratamiento es que en el 2014 viajo a Ayacucho para conocer Uchuraccay y participar de la celebración de un aniversario más del crimen. Es después de este viaje, de la experiencia de participar en las actividades del aniversario que la idea de hacer, simple y llanamente, un documental se impuso casi como una obligación ética. Había que despojarse, más bien, de los artificios del cine de ficción.

Muchos años han pasado y, hoy, son pocos los que recuerdan lo que pasó ese 26 de enero de 1983 y menos aún lo que pasó después : el proceso judicial y lo que sufrieron las comunidades campesinas. El crimen de Uchuraccay es un caso emblemático de ese periodo de violencia fratricida, vivido en Perú, durante el conflicto armado, entre 1980 y el 2000. Entonces fue considerado como el mayor atentado contra la prensa en el mundo : Ocho periodistas asesinados al mismo tiempo; el más joven con apenas 20 años. Lo terrible es que este crimen abrió el camino de la impunidad pues después siguieron otros asesinatos de periodistas que igualmente quedaron impunes. Esta tragedia reveló también, de modo brutal, un país fracturado y una población campesina en un olvido secular. Y lo más inquietante es que cuarenta años han pasado y esta fractura sigue siendo de actualidad.

En cuanto a la producción, después de varios años de búsqueda infructuosa de fondos decidí lanzarme con mis propios medios, en enero 2014. El 2018 me asocio a la empresa peruana SONTRAC Producciones y postulamos al fondo « En construcción » del Ministerio de Cultura del Perú y para sorpresa nuestra obtuvimos la ayuda que nos permitió realizar una última etapa de grabaciones y luego el montaje y la post-producción.

En el plano estético quisiera decir que yo adhiero a la práctica del « cine directo ». Sé que la tendencia actual en el cine documental es aquella llamada « documental de creación o de autor » que utiliza tanto los dispositivos del cine de ficción que muchas veces lo documental pasa a ser otro ingrediente más de la ficción y donde importa más el autor y el film como objeto artístico. Yo trato, más bien, de reducir al mínimo mi intervención como realizador dejando que la puesta en escena surja de modo natural al contacto con los sujetos filmados y su entorno, sin ninguna imposición de mi parte. He trabajado sin guión ni ideas predeterminadas, dejando que la película se construya en función y a medida de la realización, hasta el montaje final. La película tiene, seguramente, muchas imperfecciones pero el resultado está ahí, sin artificios ni maquillajes.

También he querido privilegiar la palabra y sobre todo la de los campesinos; una palabra poco escuchada y olvidada. Esta es quizá la razón principal de la película: recuperar la memoria o mejor dicho las memorias. 

Hernán Rivera Mejía

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